Las comparaciones son odiosas

Confiésalo, en ocasiones, cuando miras Facebook o te das una vuelta por Instagram, notas cómo se te va torciendo el colmillo, estás fuera de tus casillas: sientes algo parecido a envidia y resentimiento.... te comparas con la felicidad aparente de tus amigos y lanzas sobre ti un saco de críticas, reprochándote que tus vacaciones no son tan pistonudas como las del afortunado poseedor de los pies que, con el mar en el horizonte, lucen en tu muro. Eres un infeliz, tu vida social es patética y no hay nada digno que mostrar al resto de tus contactos.

Es el signo de estos tiempos, nos desenvolvemos en una sociedad que prima el éxito personal, la superación de obstáculos, la consecución de objetivos y el desbocado galope hacia la conquista del éxito y eso intangible que llamamos felicidad. No hay quién detenga esta exhibición  de algarabía, de victorias y logros, metas logradas y límites rebasados. Echando el vistazo el muro de Facebook cualquiera pensaría que vivimos en la Edad de la Alegría, rebosantes de laureles y trofeos.

Pero bueno, ya sabemos que la realidad no es así. Sin llegar a ser el valle de lágrimas que pinta nuestra iglesia católica, la vida acarrea una cuota de infelicidad, de tropezones y caídas. Nuestro día a día está lleno de miedos, de rayadas mentales, malos humores propios y ajenos. Lágrimas, esfuerzos no recompensados, momentos de flaqueza y de fracaso. ¿Seguimos enumerando penalidades? ¿Sería necesario un Facebook que mostrara la otra “cara del libro”, la de la desgracia humana, para darnos cuenta de que realmente el sufrimiento existe? Yo creo que no, que es evidente que la felicidad plena es una quimera. Sin embargo, vuelvo a abrir la aplicación social de turno y me frustro.

No al postureo de cuerpo y mente

¿Qué pasa en el mundo del yoga moderno? tres cuartos de lo mismo. Si mezclamos exhibicionismo social y yoga el resultado es un desparramo de ego inflado. ¿Para qué resistirse a a la tentación  de mostrar al mundo lo elásticos que lucimos o qué bien se nos da retorcer el cuerpo en posturas extravagantes? Ya puestos en materia, revestimos tales hazañas anatómicas de frases que ensalzan la lucha personal, el buen rollo contra viento y marea y/o la espiritualidad folclórica. ¡Como si realizar una asana y fotografiarlo para la posteridad efímera de Instagram otorgara el título de iluminado!. Cada día asistimos a la exposición pública del postureo yóguico y esto nos conduce a la frustración y, otra vez, la envidia cochina.

Como profesor de yoga, me encuentro a diario con muestras de esta epidemia de fanfarronería posturil. Alumnos que desde su primer encuentro con el yoga ambicionan hacer el pino con las manos o la cabeza, cruzar las piernas en el loto. Observan al resto de compañeros y compañeras en la práctica, y  se frustran. “¿Cuándo llegaré a ser como ellos?”. “¿Por qué no podré hacer la postura como el resto?”. Los hay que me vienen con la petición de hacer tal o cual asana, como si esto fuera un plato combinado a gusto de la vanidad del consumidor.

Sufrimos esta ola de individualismo reforzado con una visión de la vida ajeno a las limitaciones naturales. Nos han machacado con mensajes del tipo “tú eres especial” -este mundo sufre de saturación de “especiales”- “no hay obstáculo que no puedas superar”, y el solenme “pídeselo al universo, y el universo te lo concederá”. Señoras y señores, uno puede ser normal y corriente, y no pasa nada. Me topo con obstáculos que son insalvables, no por ello soy un fracasado o un inútil. Y, por desgracia, ese universo es sordo o, sencillamente, no hace caso a mis peticiones.

Cuando vengas a la sala de yoga, olvídate de los héroes de Instagram, de sus alardes corporales y de esas citas empoderantes que adornan tu muro en Facebook. Dirige tu práctica con tres virtudes: humildad, paciencia y constancia. Vive cada sesión como única y original. Y si tiendes a compararte con alguien, hazlo con ese “tú” de antes de descubrir el yoga o el “tú” que esta mañana bufaba infeliz mirando la red social. Seguro que te descubrirás más flexible, más calmado y, quizá, más feliz.

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